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  Tribuna Justo Serna:

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educació

Levante-EMV.com »24-09-2007

JUSTO SERNA

Perdonen que hoy peque de didactismo, pero el tema lo exige y la nueva asignatura pare ce obligarme a hacer confesiones y a revelar credos. Verán, la ciudadanía es un estado jurídico del individuo, el marco legal que reconoce a una persona como sujeto de derechos civiles, políticos y sociales. En una democracia, los civiles y los políticos se conciben como derechos-libertades, es decir, son absolutos, están presentes en las constituciones y no pueden ser revocados, justamente por ser irrestrictos. En cam bio, los derechos sociales son ma teriales: son derechos-créditos, figuran también en la Carta Magna, pe ro su aplicación efectiva o la calidad de su disfrute dependen del presupuesto. La crisis fiscal del Estado del Bienestar arranca, precisamente, de esta contradicción: se universalizan los derechos, pero esos derechos producen un enorme gasto social que el Estado no puede costear. De ahí proceden las restricciones de presupuesto o el deterioro de los servicios públicos que deberían hacer efectivos esos derechos. Sin embargo, de unos años a esta parte, el crecimiento económico y la inmigración han aumentado los ingresos de un Estado que ahora puede gastar más.



Reparemos precisamente en el ca so de los inmigrantes. A éstos se les concede -por decirlo así- la ciudadanía civil, se les concede la ciudadanía social, pero para que ello suceda han de estar reconocidos, han de tener papeles que los identifiquen, que los hagan visibles. De no ser así, no hay derecho algu no y, por tanto, quien se incorpora a una comunidad política queda excluido, auténticamente como un paria. Pero hemos dicho algo fundamen tal: comunidad. Ésta es siempre, en la literatura sociológica, un agregado humano de vínculos primarios, lazos que atan, pertenencias que unen a todos sus miembros. Esas pertenencias no son sólo políticas, por ejemplo los derechos que se les reconocen a sus integran tes; son también étnicas. El Estado se configura como Estado-nación y, por tanto, instituye a los ciudadanos no sólo como sujetos portadores de de rechos, sino también como miem bros de una comunidad más o menos homogénea: una lengua, una historia, una cultura e incluso una religión. Así fue, al menos, en el siglo XIX. ¿Cuál es el resultado? Que no son sólo ataduras jurídicas lo que nos vincula, sino también un imaginario o un espejo cultural en el que nos reconocemos como compatriotas.


El inmigrante que llega con el ánimo de quedarse, ¿qué debe hacer? Según la sociología clásica, aquello que debe hacer es integrar se, asimilarse, como haría cualquier niño que aprendiera las normas de la colectividad gracias a un proceso de socialización. Pero lo que el niño aprende no son sólo normas, sino también concepciones, formas de ver el mundo, sea a través de la familia, de la escuela, de la religión. El inmigrante que llega no es una tabula rasa, trae sus hábitos y credos. Por su propia superviven cia, ha de aprender pronto cuáles son las normas de obligado cumpli miento en cada unos de los espacios jurídicos en los que se desenvuelve, pero no siempre averigua ni acepta ni comparte aquellas percepciones o aquellos marcos que constituyen la cultura dominante de dicha sociedad. Algunos teóricos pos tulan el reconocimiento de otros derechos, los llamados derechos culturales o étnicos, que serían aquellos que garantizan la preservación de las concepciones o formas de ver el mundo que tienen los distintos individuos y que no siempre coinciden. No se trata de reconocer derechos a grupos, pues los derechos de ciudadanía son individua les, sino de ampliar los derechos a la esfera cultural, de modo que pueda aceptarse como legítimo todo producto o valor étnico que no atente contra la legalidad del Estado constitucional. ¿Multiculturalismo? ¿Pluralismo cultural? ¿Qué hay que hacer?


Hay normas que han de ser univer sales e incuestionables, pero hay percepciones o marcos que son producto de la historia, de la contin gencia y, a la vez, perfectamente debatibles. No podemos confiar en que las normas y los valores que todos debemos compartir y que nos ha cen ciudadanos se aprendan al azar, gracias a los padres o gracias a las distintas catequesis. Esas normas y valores se expresan en un códi go común que hemos de aprender con el civismo: lealtad al régimen constitucional, obediencia a la ley, tolerancia ante las diferencias étnicas, participación en tareas colectivas. Esas virtudes cívicas hacen del individuo un ciudadano activo, participativo y deliberativo. Si es ése el objetivo que persigue la Educación para la Ciudadanía, me parece una asignatura necesaria pa ra todos los niños, de cualquier confesión y de cualquier creencia. Necesaria, pero -ay- insuficiente.


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