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Música

El compositor denuncia que, en Valencia, «la creación sonora fuera de lo sinfónico sufre un doloroso castigo de apáñatelas y vete» Llorenç Barber Músico 19.07.2010 - BURGUERA dburguera@lasprovincias.es VALENCIA. 

 Llorenç Barber ha presentado en la SGAE un trabajo realizado junto a su mujer, Montserrat Palacios, que recorre la música experimental y el arte sonoro en España durante los últimos cien años. En 'La mosca tras la oreja' repasa la investigación musical de manera exhaustiva, con la pasión que también emplea a la hora de hablar de lo que le gusta y lo que no le gusta. -¿La curiosidad por investigar la sonoridad se diluye cuanto más profesional se vuelve uno? -Depende de lo que uno se cuide. Es como la piel. Si te la cuidas te puede durar 80 años o que a los 50 ya estés muy marchito. La vocación influye. Es cuestión de mimo. Ciertas actitudes críticas tienen una pequeña recompensa. -De qué manera influye internet en el arte de vanguardia? -En la facilidad de conocer a gente semejante. Es realmente cómodo saber quién está haciendo qué. En cualquier caso, es una vocación del experimentador curiosear al vecino. Eso se da siempre. En los 80 años ya había redes sociales. Recibías sobres desde muchas partes del mundo y se cubría ya esa necesidad y ese goce de compartir cosas. Frente al aburridito que repasa apuntes de cuando era niño, el curioso siempre necesita alimentarse, e internet permite hacerlo con mayor rapidez.


-¿Se reconoce cuando escucha sus composiciones de los años 70? -Sí, tengo una pequeña memoria y recuerdas lenguajes, actitudes y modas. Te entra una bonita nostalgia y a veces te preguntas si de verdad has cambiado tan poco. -¿Sueña con llenar de público los estadios ? -Yo ya he llenado campos. Eso va implícito con la propuesta que uno se mete entre ceja y ceja. Hay propuestas que implícitamente te llevan a interesar a media docena de personas, y hay otras en que si solo llenas un estadio, perdiste. Me gusta cultivar las dos. Dependiendo del momento. He dado 'conciertos de ciudad' en más de 25 países y más de 200 ciudades. Conciertos en los que llegas medio millón de personas. En septiembre doy un concierto en Buenos Aires. Se llenará la Plaza de Mayo. Pero no siempre buscas eso. -¿La labor del músico precisa de un feedback con el que escucha? -Si se lo preguntas a un músico de repertorio te diría que con un aplauso le vale. Pero en mi caso, en el arte sonoro o experimental, el 'oidor', la actitud del que escucha, del compañero de experiencia, es el núcleo de lo que hacemos. Yo hago conciertos que duran toda una noche. Junto a mi mujer, Montserrat Palacios, nos preocupamos de guiar la ceremonia, pero el compositor real es el oyente, si él quiere y pone de su parte. Esa posibilidad está mutilada en Valencia, donde a la gente sólo le dejan escuchar. Nos lo gastamos todo en la tetralogía de Wagner castigando a los que se salgan del tiesto. Hay un muy miope Institut Valencià de la Música, que condena a la pobreza cualquier actitud que se salga del mundo sinfónico. La creación sonora fuera de lo sinfónico sufre un doloroso castigo de apáñatelas y vete fuera. Es una desgracia constante que se agudiza con la crisis, porque hay que alimentar a los de siempre. En La Nau, ahora mismo hay música que va de los reyes Godos a Debussy, con cuatro detalles para parecer modernos, pero sin apostar en serio por investigaciones en las que estamos inmersos desde hace 100 años. Estamos como si la música valenciana no hubiese descubierto la electricidad. En otros lugares. Madrid o Murcia, donde también gobierna el PP, hay puertas abiertas a la investigación musical, una atención a la realidad muy menguada en esta pequeña y bonita Valencia. -La pasada semana se inauguró el Conservatorio Superior 'Joaquín Rodrigo'. ¿Valencia es tierra de artistas o eso es un tópico? -Chapeau para aquellos que sean felices allí, pero qué desgracia que ahí muera todo. Hay cosas que a algunos les hace felices, pero mi percepción es la contraria. Valencia no tiene memoria de si misma. Josep Lluis Berenguer tuvo el primer estudio de música electrónica, algo que no ha conducido a ningún lado porque no se recuerda, de modo que Valencia es la más triste exportadora de masa creativa para que la usen los demás. Aquí no cabe. Sólo hay sitio para la ópera. Valencia es igual a Carles Santos en Barcelona, Climent en Oxford y cientos y cientos de valencianos fuera, artistas que vienen a Valencia sólo a comer paella y a ver a su abuelita. -¿Ha visitado el Palau de les Arts? ¿le gustaría tocar allí algún día? -No, nunca. Cuando Schmidt tuvo la elegancia de invitarme, viví la experiencia profesional más torpe y triste de mi vida. Ella es una mujer maravillosa pero está rodeada de una torticera manera de hacer las cosas. Una tristísima experiencia, el concierto de las bandas de octubre de 2005 fue la peor experiencia de mi vida, y no quiero volver a repetir. La chulería en la que me vi inmerso me avergonzó. Oír a Wagner en Valencia es malo porque para vestir a la ópera se ha desvestido al resto de la música valenciana. La situación está muy desequilibrada. Lo ideal es A+B, no A sin B. Ir al Palau no es un placer, todavía. Como valenciano soy sensible a la injusticia terrible de que en Valencia se gaste el 90% de los esfuerzos en hacer ópera, que es digno de maravillarse, pero desviste a todos los demás santos, deja a cero a las bandas, festivales de barrio o intentos de experimentación. Es una torpeza que hay que denunciar. Suena mal que un género del que participa un segmento de la ciudad esté servido y el resto no. Eso exige una reparación real. -Tiene previsto celebrar en Valparaíso una intervención sonora con campanas y cañones. -Tenía que haberse celebrado ya, pero con el terremoto se retrasó. Tengo que visitarles en noviembre,. Es uno de los proyectos sin fecha. El que ya está con fecha es el de Estrasburgo. En abril estuve allí y vimos los límites de las iglesias. Son proyectos que avanzan con años y a los que afectan muchas cosas. No puedes correr más de lo que la sociedad quiera. -¿Cómo se ensaya algo así? -Con paciencia. Si llevas 30 años afinando el protocolo, uno sabe cuál es su misión, que en ocasiones se cumple en diez minutos y otras veces en una semana.


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Comentarios

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por Anonymous
en 22 jul, 2010
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