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Valencia y sus ciudadanos viven la contemporaneidad desde lo local
-- Ramón de Soto
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Justo Serna
http://justoserna.bitacoras.com
Días atrás, el 16 de abril, en las páginas de la edición valenciana de ?El País?, Ferran Bono le hacía una entrevista a Alfons Cervera con motivo de la publicación de una novela suya. Cervera es un novelista riguroso, apreciado, que ha hecho de la exhumación del pasado, de la rememoración del franquismo, parte de su tarea narradora. ?El escritor toma partido?, decía, y por eso, desde su concepción comprometida, "lo que no vale es la neutralidad del narrador", añadía. Por consiguiente, "el narrador de la historia tiene que escoger un punto de vista desde el cual contar", y en su caso, aclaraba Ferran Bono, ?no duda en situarse al lado de los perdedores, de las víctimas de la dictadura". Rechaza, pues, lo que llamaba en la entrevista "esa literatura del 50%, esa literatura de la equidistancia", que espera hablar de reconciliación entre la derecha y la izquierda, a las que igualaría equilibrando en cierto modo las actuaciones de ambos bandos en la Guerra Civil y en la República. Según apostillaba el periodista, Cervera ?inscribe la novela ?Soldados de Salamina?, de Javier Cercas, en este grupo?, si bien, insistía el escritor, no pretendía polemizar...
Contrariamente a lo que sostiene y dice Cervera, creo que sus palabras invitan al debate, pero no tanto por la revisión de la historia de España que podamos hacer, cuanto por la descripción de la obra de Cercas, por la calificación moral con que la juzga. Buena es para el mundo literario la controversia fundamentada y amistosa, y bueno es para el análisis histórico el examen minucioso con que hablamos del pasado, la imagen que nos forjamos de él y que usos le damos. Por centrarme en la obra de Javier Cercas, diré que me parece muy desacertado el concepto que Alfons Cervera tiene de ‘Soldados de Salamina’. Espero que no tome mis palabras como una amonestación inamistosa. Es, en todo caso, una invitación a la reflexión y para ello me baso en el examen breve que sobre las narraciones de Javier Cercas he hecho en ‘Ojos de Papel’.
Javier Cercas escribió ‘Soldados de Salamina’, lo que él llamó un ‘relato real’, con el fin de evocar un acto de piedad en plena Guerra Civil española: la decisión simple pero dignísima tomada por un soldado republicano de no delatar a un enemigo falangista, un enemigo que luego resulto ser importante (Rafael Sánchez Mazas). Gracias a esa conducta benevolente, de compasión y de humanidad, el falangista pudo evitar su captura y su segura muerte. Toda la novela gira en torno a este acto y hay en el relato y en la lección moral que entraña una filosofía de la existencia bien explícita y que yo veo kantiana y finalmente sartreana. No hay empresa que acometamos que nos resulte indiferente, no hay acción que emprendamos que sea irrelevante: en cada acto nos la jugamos. ¿Por qué razón? Porque al tomar una decisión u otra definimos un modelo particular de humanidad, delimitamos qué tipo de ser humano hemos querido ser. Con cada elección acarreamos un pasado en el que queremos apoyarnos y juzgamos directa o indirectamente lo que hay que hacer.
El acto que nos salva o que nos hunde, que nos condena o que nos redime, es una decisión de la que somos capaces nosotros mismos y que poco tiene que ver con el acogimiento colectivo, con el colectivismo bajo el que cobijarnos. Algunos aún se preguntan acerca del inmenso suceso de ‘Soldados de Salamina’: más de quinientos mil ejemplares vendidos. Las razones que se señalan son de lo más variado e incluso se habla de los mimetismos o el fraseo de Javier Cercas: que si el ‘ritornello’ de ‘Salamina’ (hasta catorce veces enunciado) como ‘leit motiv’ de la prosa, al modo de Javier Marías; que si el sentimiento del relato y de los descubrimientos sucesivos, al modo de Muñoz Molina. Con ello se espera rebajar el arcano de un éxito, supongo. Yo creo, por el contrario, que son otras las razones.
En realidad, en ‘Soldados de Salamina’ se hace explícita una sensibilidad que encaja muy bien con los requerimientos morales de nuestro tiempo: no hay un bando de los buenos, libres de duda, frente al mal localizado en otra parte. Hay conductas indignas y hay comportamientos valerosos, hay el empeño de obrar el bien o, al menos, el empecinamiento honroso de no agravar ni agrandar los males, la voluntad expresa de reconocer nuestras propias culpas. Creo haber leído todas las obras de Cercas, incluso el material parásito a que el mismo ha contribuido. No veo otras razones que justifiquen su acierto. Ni el fraseo, ni el sentimiento, ni la Guerra Civil son suficientes: está, en todos los casos, el acto heroico que endereza lo que estando torcido amenazaba con destruirnos, con anegarnos, arrastrados por la historia o la fatalidad.
¿Podríamos decir que esta base moral que está en el origen de la novela es equivalente al revisionismo o a la equidistancia? Contrariamente a lo que concluía Alfons Cervera, creo que ‘el fenómeno Salamina’ no pregona revisión o indiferencia, sino otro modo muy distinto de tomarnos el pasado. No se trata de que hoy no puedan ni deban hacerse exámenes de la violencia franquista. De lo que se trata es que la brutalidad de la dictadura, su empeño minucioso en el mal y en la venganza, no exculpa las crueldades cometidas por el bando de nuestras víctimas. La auténtica perversidad moral de la violencia del siglo XX no se resume en el enfrentamiento de bien y del mal, la de un bando frente a otro, como ciertos esquematismos o simetrías nos hacen creer, sino en la muerte masiva practicada sin escrúpulos morales. Claro que el nazismo fue un mortífero, un espantoso mecanismo de aniquilación. Claro que el primer franquismo tuvo sobre todo una vocación carnicera y vengativa. Pero los estudios históricos más significativos, esos que nos ayudan a entender mejor la complejidad de las actuaciones, son precisamente los que nos informan sobre las decisiones del sujeto en un contexto en donde todo parecía invitar al escapismo o a la indiferencia morales. De igual modo, las narraciones que nos dan sentido no confirman lo que ya sabemos: que la destrucción sistemática, que el instinto de muerte, que la sinrazón se localizan en una parte de la contienda, sino aquellas otras que nos obligan a evaluar la posición siempre incierta que tenemos cuando elegimos. Que estés en el bando legítimo, o que creas estar en el lado de los buenos, no te alivia, como diría Sartre, del coste de las decisiones, de la decisión de obrar el bien o de emponzoñar la vida con el mal, insisto.
Nos hacen falta individuos dispuestos a tomarse como tales, nos hacen falta sujetos morales obligados a pronunciarse con fuerza, con tolerancia, con energía y con piedad, que den ejemplo y que con sus pequeñas elecciones tracen un tipo especial de humanidad, sin abandonarse al fatalismo de la bondad, sin pretextar razones contextuales, sin justificarse externamente. Eso es la civilización. Hasta en los momentos más extremos, y el soldado republicano de ‘Salamina’ está en uno de ellos, hasta en esos momentos, digo, el ser humano que se la juega tiene opciones: te sabrás arrojado al mundo, pero no invocarás la excusa del determinismo. Si invirtiéramos los bandos en la novela de Cercas comprenderíamos mejor lo que quiero decir: si tú fueras un republicano que huye del acoso de tus perseguidores, unos enemigos feroces ebrios por la guerra y por la violencia, unos enemigos que esperan capturarte, incluso hostigarte con el mayor de los suplicios para finalmente fusilarte, ¿qué preferirías?
La humanidad la definimos, en efecto, en cada uno de nuestros actos.
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| Thursday, April 21, 2005 |
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Informe anual de Greenpeace que analiza el estado del litoral
Entre el lamento general y la falta de acción
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Comments
Buen artículo el de Serna. El único inconveniente es que discrepa con las tesis de Alfons Cervera, y Alfons Cervera ni es un buen escritor ni es una persona dispuesta a plantearse complejidad alguna sobre el comportamiento humano. Cervera es una bandera (o dos o tres), no un escritor. Cervera no es un intelectual, es un panfletista. No pretende mantener viva la memoria histórica para evitar que se repita, para impedir que resurja el fascismo, sino como herramienta de ataque, como instrumento guerracivilista